Vivimos rodeados de pantallas. Están en el bolsillo, en la mesa del comedor y, cada vez más, en el centro de cómo nuestros hijos estudian, se relacionan y se entretienen. A simple vista parece progreso: más recursos, más rapidez, más conexiones. Pero a veces lo que gana velocidad pierde profundidad. Y cuando hablamos de aprendizaje, la profundidad lo es todo.
El artículo que sigue, publicado recientemente en el New York Times pone el foco justo ahí: en cómo la tecnología, sin una gobernanza clara, puede convertir el aula y el hogar en un mercado permanente de distracciones. No desde el miedo ni la nostalgia, sino desde los datos y observación directa.
El texto articula una tesis nítida: la caída del rendimiento académico en la última década no puede explicarse solo por la pandemia; coincide temporalmente con la generalización de los smartphones y con la digitalización masiva del aula mediante portátiles y tabletas, y esa combinación está degradando la capacidad de atención y, por extensión, el aprendizaje.
Desde un punto de vista analítico, el artículo incide en 3 puntos clave:
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Conecta tendencia macro con un cambio tecnológico estructural.
La autora parte de un dato duro: descenso de resultados en pruebas estandarizadas desde alrededor de 2012, con mínimos recientes. Atribuye parte del fenómeno a Covid, pero insiste en que la inflexión es previa. En términos de causalidad, su argumento es de “correlación fuerte + mecanismo plausible”: la adopción masiva de teléfono inteligente y pantallas educativas coincide con el cambio de ciclo y existe una vía clara de impacto. -
Describe el mecanismo operativo: la economía de la distracción dentro del sistema educativo.
El corazón del texto no es “la pantalla es mala”, sino “la pantalla introduce un entorno competitivo por la atención”. Los dispositivos escolares (y personales) no son neutros: permiten ocio infinito a bajo coste cognitivo. Esto genera multitarea, interrupción constante y sustitución de trabajo profundo por consumo. La autora enfatiza que el problema es sistémico porque el incentivo de las plataformas es capturar atención, no optimizar aprendizaje. -
Apoya la tesis con evidencia empírica y comparativa.
Cita estudios que relacionan el uso no educativo de dispositivos con peores notas, y compara países donde los alumnos usan más pantallas para ocio en horario escolar frente a los que usan menos. La lectura implícita es estratégica: cuando la exposición a distracciones crece, el rendimiento cae; cuando se controla, el rendimiento se estabiliza. La narrativa de Finlandia como caso de “retroceso sorprendente” refuerza el punto de que ni siquiera sistemas avanzados son inmunes.
Y tengamos en cuenta:
- El artículo no es anti-tecnología; es anti-descontrol.
La autora distingue entre tecnología como herramienta y tecnología como entorno de vida. Su preocupación es que el aula se haya convertido en un espacio con demasiados “canales abiertos” donde el estudiante decide continuamente entre aprendizaje y entretenimiento, y esa fricción la gana casi siempre el ocio. En términos corporativos: se está introduciendo ruido estructural en un proceso que exige foco. - El concepto central es la atención como activo crítico. Más allá de las pruebas, la pieza sugiere que la atención sostenida es un “recurso productivo” que se entrena. Si los entornos educativos y domésticos la fragmentan, se pierde una competencia transversal: leer con profundidad, razonar, escribir, resolver problemas complejos. No es un debate de gadgets; es un debate de capacidades.
- Existe una crítica implícita al modelo “un dispositivo por alumno”. La autora interpreta esa política como un experimento bien intencionado pero fallido por ignorar el lado conductual: cuando das acceso a un dispositivo multifunción a adolescentes, en ausencia de controles robustos, emergen usos divergentes. De nuevo, no es moralismo; es gestión de riesgos.
La interpretación ejecutiva es directa: el sistema educativo está compitiendo en desventaja contra mercados de entretenimiento diseñados para maximizar adicción atencional. Si la escuela —y el ecosistema que la rodea— no gobierna ese entorno, el aprendizaje pierde terreno porque la atención del alumno deja de estar disponible para procesos cognitivos exigentes.
El texto, en suma, no llama a “volver al pasado”, sino a recuperar el control del presente: menos fricción digital, más foco, más trabajo profundo. Esa es la lectura estratégica que subyace a todo el artículo.
PUEDES LEER EL ENSAYO COMPLETO:
La pantalla que se comió la educación de tu hijo
16 de noviembre de 2025
Por Jean M. Twenge
La Dra. Twenge es profesora de Psicología en la Universidad Estatal de San Diego y autora de “10 Rules for Raising Kids in a High-Tech World”.
Las puntuaciones de las pruebas estandarizadas de los estudiantes estadounidenses habían estado subiendo durante décadas. Luego empezaron a caer, hasta alcanzar su nivel más bajo en dos décadas en 2023 y 2024. Este no es un problema limitado a Estados Unidos. En todo el mundo, el rendimiento de los jóvenes de 15 años en matemáticas, lectura y ciencias tocó fondo en 2022.
Estos resultados desalentadores se deben, al menos en parte, a la pandemia de Covid-19. La pérdida de clases durante aquellos años puede seguir teniendo impacto en el rendimiento académico.
Pero eso es solo una parte de la historia. El descenso de las puntuaciones comenzó bastante antes de la pandemia, alrededor de 2012. Un culpable evidente son los teléfonos inteligentes, que se popularizaron justo cuando las puntuaciones empezaron a bajar. Desde 2017 investigo lo que los smartphones hacen a nuestra salud mental, y recientemente he empezado a estudiar cómo afectan al rendimiento académico. El impacto negativo de los teléfonos en el aprendizaje es una de las razones por las que muchos distritos escolares han implantado una prohibición “de timbre a timbre” de smartphones en la educación K-12, incluidos todos los colegios públicos del estado de Nueva York, que también prohibió los portátiles, tabletas y relojes inteligentes personales del alumnado.
Eso es un avance, sobre todo cuando el 83% de los profesores de K-12 encuestados por un gran sindicato piensa que las prohibiciones de smartphones son una buena idea. Pero no es una solución completa, porque los teléfonos no son los únicos dispositivos electrónicos que usan los estudiantes en la escuela. Hoy en día, casi todos los alumnos de secundaria y bachillerato —y un buen número en primaria también— llevan un portátil o una tableta al colegio y los usan en casa para hacer los deberes.
Muchos de esos dispositivos los proporcionan las propias escuelas. Podrías pensar que estos equipos entregados por el centro solo permiten un número limitado de funciones, como acceder a páginas de Canvas de clase y a Google Docs. Si lo asumes, te equivocas.
Sylvie McNamara, madre de un alumno de noveno grado en Washington D. C., escribió en Washingtonian que su hijo se pasaba cada periodo de clase viendo series y jugando en el portátil del colegio. A menudo no tenía ni idea de qué temas se habían tratado en clase. Cuando ella pidió a los administradores del centro que restringieran el uso del portátil, estos se resistieron, argumentando que el dispositivo era integral para el currículo.
En una encuesta a adolescentes estadounidenses realizada por la organización sin ánimo de lucro Common Sense Media, una cuarta parte admitió haber visto contenido pornográfico durante la jornada escolar. Casi la mitad de ese grupo lo vio en un dispositivo proporcionado por la escuela. Que los alumnos vean porno en clase no solo les afecta a ellos: imagina ser un adolescente en clase de matemáticas tratando de concentrarte en el seno y el coseno mientras te sientas detrás de esa pantalla de carne. Es perturbador en muchos niveles.
Incluso cuando el abuso del portátil no llega a ese extremo, sigue consumiendo una cantidad sustancial de tiempo lectivo. Un estudio con estudiantes universitarios de Michigan State —casi todos adultos legales, presumiblemente más capaces de mantener la atención que los adolescentes más jóvenes— encontró que pasaban cerca del 40% del tiempo de clase desplazándose por redes sociales, revisando el correo o viendo vídeos en sus portátiles: cualquier cosa menos el trabajo de clase.
Los portátiles escolares también distraen en casa. Muchos permiten acceso sin restricciones a YouTube, lo que tienta a los estudiantes a ver un bucle interminable de vídeos en lugar de hacer los deberes. Justo el otro día mi hija me dijo que estaba viendo la serie policíaca violenta “The Rookie” en su portátil escolar en casa. Al parecer, el dispositivo no bloqueaba el acceso a Disney+. ¿Cómo podemos esperar que chicos de 13 años se concentren en sus tareas cuando una inmensa biblioteca de contenido entretenido está a un clic?
Parece ridículo tener que decirlo, pero la distracción digital es pésima para el rendimiento académico. Cuanto más tiempo pasaban los universitarios haciendo otra cosa en sus portátiles durante clase, más bajas eran sus notas de examen, incluso controlando su capacidad académica.
Esto también se aplica a adolescentes de todo el mundo. Un informe de la Unesco de 2023 concluyó que un uso excesivo de dispositivos puede perjudicar el rendimiento académico, sobre todo porque aumenta la distracción y la participación en actividades no educativas.
En un estudio publicado en octubre en The Journal of Adolescence, encontré que las puntuaciones estandarizadas en matemáticas, lectura y ciencias cayeron significativamente más en los países donde los estudiantes pasaban más tiempo usando dispositivos electrónicos para ocio durante el horario escolar que en aquellos donde pasaban menos tiempo.
La situación de Finlandia, antes conocida por tener uno de los mejores sistemas educativos del mundo, es reveladora. En 2022, los adolescentes finlandeses admitieron usar sus dispositivos durante la jornada escolar para fines no educativos durante casi 90 minutos. Quizá como resultado, las puntuaciones de los estudiantes finlandeses se desplomaron entre 2006 y 2022. En países como Japón, donde los alumnos pasan menos de media hora usando dispositivos para ocio durante el horario escolar, el rendimiento académico se ha mantenido bastante estable, especialmente en matemáticas y ciencias.
Si las tabletas y los portátiles explican siquiera una pequeña parte del descenso del rendimiento académico, padres y educadores deberán colaborar para encontrar soluciones. En este momento, los padres están prácticamente indefensos: no pueden instalar software de control parental en los dispositivos escolares. Aun así, muchos distritos intentan devolver la responsabilidad a los padres diciéndoles, como hace el distrito de mis hijos, que “no hay sustituto para la supervisión parental. Conozca qué sitios visita su hijo en línea”. ¿Cómo se supone exactamente que debemos hacerlo cuando no podemos instalar software de control y además no es posible estar encima de nuestros adolescentes cada minuto?
Si los distritos escolares quieren mejorar sus resultados —y la mayoría están desesperados por hacerlo—, cambiar la manera en que los estudiantes usan los dispositivos escolares es crítico. Para empezar, los departamentos de TI deberían blindar mucho más los equipos para que los alumnos no puedan usarlos para ver series, jugar o consumir vídeos de forma continua. Los esfuerzos que las escuelas hacen hoy en esa dirección suelen ser esquivados por estudiantes hábiles con la tecnología.
Debería haber políticas a nivel de distrito que prohíban específicamente esos usos y que indiquen a los profesores que incrusten los vídeos educativos en la página de clase en lugar de dar acceso ilimitado a YouTube.
Los distritos y los docentes también deberían considerar reducir el número de tareas que requieren un dispositivo para completarse. Una ficha de matemáticas en papel o una respuesta escrita a mano a una lectura es una oportunidad menos para que los niños usen un dispositivo lleno de distracciones digitales, y una oportunidad menos para copiar y pegar un ensayo escrito por ChatGPT.
Los padres también deberían tener la opción de excluirse. He hablado con muchos padres cuyos hijos tienen dificultades para concentrarse al usar portátiles, y aun así los administradores les dicen que esos dispositivos son obligatorios. Angela Arsenault, representante estatal en Vermont, planea presentar un proyecto de ley para dar a los padres la posibilidad de optar por que sus hijos no reciban dispositivos emitidos por la escuela. Una versión de esa ley se presentó por primera vez en 2015, una muestra clara de cuánto tiempo lleva siendo esto un problema.
Los distritos incluso podrían eliminar por completo los dispositivos electrónicos escolares. Muchos padres y profesores protestarían diciendo que eso afectaría negativamente al aprendizaje o inclinaría la balanza a favor de los estudiantes más ricos que tienen sus propios dispositivos, pero varios estudios sugieren lo contrario: que podría mejorar el aprendizaje. Un estudio con casi 300.000 alumnos de cuarto y octavo grado en Estados Unidos encontró que los estudiantes que pasaban más tiempo usando dispositivos digitales en clases de lengua rendían peor en pruebas de lectura. Un metaanálisis de 2018 halló que leer en papel, frente a leer en digital, conducía a una comprensión significativamente mejor entre estudiantes desde primaria hasta la universidad. En 24 estudios, los universitarios que tomaban apuntes a mano tenían un 58% más de probabilidades de sacar sobresalientes que quienes tecleaban en portátiles. En cambio, quienes tecleaban tenían un 75% más de probabilidades de suspender la asignatura que los que escribían a mano.
Aunque en su día pareció una buena idea dar a cada niño su propio dispositivo, está claro que esas políticas han fracasado. Quizá podamos aprovechar el potencial de los dispositivos escolares de forma más prudente, con poco o ningún uso en los cursos inferiores y, en bachillerato, portátiles estrictamente limitados a aplicaciones pertinentes. Podríamos ir más lejos y crear escuelas completamente libres de dispositivos, con raras excepciones para alumnos con necesidades especiales. Volveríamos a los libros de texto, el papel y el lápiz de otras épocas, cuando la distracción más importante en clase era que los estudiantes se pasaran notas.
A muchos adultos ya les cuesta concentrarse en el trabajo cuando las redes sociales, las compras y las películas están a un clic. Imagina lo mucho más difícil que es para un chico de 16 años —o incluso de 11— concentrarse en esa misma situación. Pedir a los estudiantes que profundicen en su trabajo escolar rodeados de un abanico de distracciones digitales no solo es malo para los resultados de las pruebas; es contrario al aprendizaje.
Y es, fundamentalmente, injusto para nuestros hijos.
Jean M. Twenge, profesora de Psicología en la Universidad Estatal de San Diego, es autora de “10 Rules for Raising Kids in a High-Tech World”.
https://www.nytimes.com/2025/11/16/opinion/laptop-classroom-test-scores.html




